Me puse a hacer uno de esos test de internet el otro día, más por aburrimiento que por otra cosa. Esa cosa que te dice los megas que tienes. Y te juro que ha sido más revelador que la primera borrachera.
Estás ahí, dale que te pego al botón de “empezar test”, y en tres segundos empieza a escupir números. Pero lo de menos son los números grandes. Lo que de verdad importa, lo que te dice si tu internet es un fórmula uno o una tartana con una rueda pinchada, está en los detalles pequeños, en las letras que casi ni lees.
Lo primero que salta: el “ping” (o latencia, para los finos). Ese número que sale en milisegundos. Piensas: “bah, si son solo 20 o 30”. Error. Ese es el tiempo que tarda un paquete de datos mínimo en ir y volver a un servidor. Si es bajo (por debajo de 50ms, idealmente menos de 20), tu conexión es reactiva. Clicas y ocurre. Eso es el santo grial para jugar online o para una videollamada donde no parezca que estás hablando con un astronauta en la luna con un retraso de dos segundos.
Si ese número se dispara a 100ms o más, aunque tengas 300 megas de descarga, jugar a un shooter es un suplicio. Ves a un tío, disparas, y cuando tu bala sale… él ya ha hecho la compra y se ha ido. En las llamadas, se solapan las voces. Ahí ves que da igual tener una autopista de 10 carriles (tu velocidad de descarga) si el primer peaje (la latencia) te hace esperar media hora.
Luego está el “jitter”. Este es aún más traicionero, porque muchos tests ni lo muestran, pero si lo ves, fíjate. Es la variación en esa latencia. Imagina que el ping son 30ms, pero a veces salta a 100ms y vuelve. Es como si en una conversación, de repente, una palabra tardara el triple en salir. En vídeo, se pone pixelado y se corta. Un jitter alto destroza la calidad de una llamada de trabajo o una partida online, aunque todos los demás números parezcan bonitos.
Y ahora, lo que todo el mundo mira: descarga y subida. Aquí es donde te das cuenta de la gran mentira. Te venden “300 Megas” y tú flipas. Pero eso casi siempre es solo de descarga: para ver Netflix, bajar cosas. La subida suele ser una miseria, 10, 20 veces menor.
Hasta que no pruebas a subir un vídeo grande a YouTube o haces una transmisión en directo, no te enteras. Necesitas una buena subida, y simétrica (que sea igual que la bajada) si puedes. La fibra óptica suele ofrecer esto, es lo único que de verdad lo da. El cable o el ADSL, olvídate.
Los números mágicos que he pillado mirando por ahí: Para ver Netflix en 4K sin que se pare cada dos por tres, con 25 Mbps de descarga vas sobrado. Pero ojo, eso es para UN solo dispositivo. Si en casa hay dos televisores en 4K, dos móviles y alguien descargando algo, ya necesitas el doble o más. Para jugar online, más que los megas (con 25 va), lo crucial es que el ping sea bajo y estable.
Lo más gracioso es cuando el test te da un resultado mucho más bajo de lo que pagas. La tentación es llamar a la compañía y poner el grito en el cielo. Pero antes, prueba esto: conecta el ordenador al router con un cable de red. Haz el test otra vez. Si los números se disparan, el problema es tu WiFi, no la línea que te llega a casa. El WiFi lo jode todo: las paredes, el microondas, el vecino que tiene su router en el mismo canal.
Al final, un test de velocidad no es solo para ver si te están robando. Es como ponerle un termómetro a tu conexión. Te dice para qué vale y para qué no. Puedes tener 500 megas, pero si el ping es alto y hay jitter, para una videoconferencia importante vas a quedar como un impresentable. Y puedes tener “solo” 100 megas pero con una latencia bajísima y una subida decente, y para trabajar o jugar es mil veces mejor.
Lo haces una vez y ya no vuelves a ver tu internet con los mismos ojos. Te quita la venda. Ves que no es magia, son números, y algunos números pequeños son más importantes que los grandes que ponen en la publicidad.