Hay un grupo de WhatsApp del colegio de mi hija. Ciento veinte mensajes diarios mínimo. Fotocopias, dinero para la excursión, ¿alguien ha visto el abrigo de Lucas?, la abuela de Claudia subirá las galletas el jueves. Un infierno.
Antes lo silenciaba y rezaba por no perderme lo urgente. Spoiler: siempre me perdía algo. La última fue que cambiaron la fecha del festival y yo llevé a la niña con el disfraz una semana tarde. Vergüenza.
Ahora le doy al botón de resumen con IA. No es perfecto, la verdad. A veces junta cosas que no tienen que ver o le da igual importancia a una foto de un perro disfrazado que al aviso de que no hay clase mañana. Pero me salva.
Lo que hago es esto: leo el resumen, que suele ser un párrafo. Si dice algo de dinero, horario o cambios, entonces me meto al hilo de mensajes original y busco solo eso. Ya no navego entre cien fotos de manualidades y discusiones sobre si el amarillo es un color adecuado para la primavera.
Es un filtro. Un filtro bastante burdo, pero filtro al fin. Lo que antes era media hora de mi vida que no volverá, ahora son tres minutos. A veces la IA se obsesiona con un detalle trivial y lo repite tres veces. Otras, captura el tono de pelea entre dos madres y lo resume como «intercambio de opiniones». Es gracioso.
No confío ciegamente. Pero me da un mapa del caos. Con eso basta. Aprendí que la claridad absoluta no existe en un grupo de WhatsApp, solo grados de ruido. Esto baja el volumen lo suficiente para que no me duela la cabeza. Y me permite llegar a tiempo a recogerla, que al final, es lo único que importa.