Plantear un problema y su solución en un texto expositivo no es rellenar párrafos con teoría. Es construir un recorrido donde el lector sienta que le hablas de algo que le afecta. Si no hay tensión al principio, no hay interés. Si no hay una salida clara, no hay utilidad. Y si no hay ejemplos, todo suena a promesa vacía.
Qué hace que un problema enganche de verdad
Un problema mal planteado mata el texto antes de empezar. No vale con decir «el cambio climático es un problema». Eso ya lo sabe todo el mundo y a nadie le mueve. Lo que funciona es concretar: qué está pasando, a quién le está pasando y por qué debería importarle a quien lee.
Cuando escribo un texto expositivo con problema y solución, siempre me pregunto: ¿esto le quita el sueño a alguien? Si la respuesta es no, vuelvo a empezar. Por ejemplo, en lugar de hablar del cambio climático en abstracto, hablo de una ciudad costera que ha perdido tres calles por la subida del nivel del mar en diez años. Eso sí es un problema con gancho.
La clave está en la especificidad. Los datos concretos, las situaciones reconocibles y los personajes reales convierten una idea difusa en algo que el lector puede tocar. Sin eso, el texto se queda en la superficie y el lector pasa de largo.
Cómo presentar soluciones que no suenen a utopía
Aquí es donde muchos textos fracasan. Se lanzan a proponer soluciones genéricas: «hay que reciclar más», «hay que usar energías renovables». Vago. El lector quiere saber cómo, con qué coste, quién lo ha hecho ya y qué resultados ha tenido.
Una solución en un texto expositivo tiene que ser verificable. Si hablo de reducir emisiones, menciono el caso de Copenhague, que ha bajado un 80% sus emisiones desde 2009 gracias a una red de calefacción urbana y parques eólicos. No es magia, es política pública y dinero bien invertido.
También conviene mostrar los límites. Ninguna solución es perfecta. Si presentas una medida como la panacea, pierdes credibilidad. Es mejor decir: «esto funciona en ciudades medianas con inversión pública fuerte, pero en zonas rurales el coste se dispara». Ese matiz te da autoridad.
Ejemplos que hacen tangible lo abstracto
Los ejemplos son el pegamento que une problema y solución. Sin ellos, el texto se queda en el aire. Con ellos, el lector ve el problema en su barrio y la solución en una noticia que leyó el mes pasado.
Un ejemplo bien puesto no repite lo que ya has dicho. Añade una capa nueva. Si hablas de contaminación urbana, no pongas otro ejemplo de ciudad contaminada. Pon uno de ciudad que lo ha resuelto. Medellín, por ejemplo, pasó de ser una de las más contaminadas de Latinoamérica a reducir un 30% sus niveles de PM2.5 en cinco años tras invertir en metro y buses eléctricos.
Ese tipo de ejemplo no solo ilustra: demuestra que la solución es posible. Y eso es lo que busca alguien que lee un texto expositivo: no solo entender, sino creer que hay salida.
La transición entre problema y solución: donde se pierde el lector
Muchos textos se caen en el punto medio. Han planteado bien el problema, pero saltan a la solución sin avisar. El lector se queda descolocado. La transición no es un adorno: es una guía.
Frases como «ahora que sabemos qué está fallando, veamos qué se puede hacer» funcionan porque marcan el cambio de marcha. No es literatura, es claridad. Y la claridad en un texto expositivo no es opcional: es la diferencia entre que te lean o te abandonen en el segundo párrafo.
Otra técnica que uso es anticipar la solución desde el problema. Si en la introducción digo «esto tiene arreglo, y no es tan complicado como parece», el lector sigue leyendo con curiosidad. Le has dado una razón para quedarse.
Estructura que funciona (y no es la del colegio)
Olvida la estructura rígida de introducción, desarrollo y conclusión que te enseñaron. Funciona para aprobar, no para enganchar. Lo que de verdad funciona es esto:
- Arranque con un caso concreto: una situación real, un dato impactante o una pregunta incómoda.
- Contexto mínimo: solo lo necesario para entender por qué eso es un problema.
- Consecuencias: qué pasa si no se resuelve. Aquí metes urgencia.
- Soluciones con nombre y apellidos: quién, cómo, cuánto y con qué resultado.
- Límites y obstáculos: lo que no es tan fácil. Esto te da credibilidad.
- Cierre con una idea que quede: no un resumen, sino una frase que el lector recuerde al día siguiente.
Esta estructura no es original por casualidad. Es la que usan los buenos reportajes y los informes que de verdad se leen. La clave está en que cada parte empuja a la siguiente.
Errores que convierten un buen tema en un texto aburrido
El primero: repetir el problema tres veces con distintas palabras. El lector lo pilla a la primera. Si insistes, desconecta.
El segundo: soluciones sin sujeto. «Se debería hacer», «habría que invertir». ¿Quién? ¿Cuándo? ¿Con qué dinero? Si no lo respondes, no estás exponiendo: estás opinando sin compromiso.
El tercero: ejemplos de manual. Si tu ejemplo es «una empresa que recicla», no aporta nada. Si es «la fábrica de Volkswagen en Wolfsburgo que reutiliza el 90% de sus residuos», eso sí dice algo.
Evidencia: el pegamento que sostiene todo
Un texto expositivo sin evidencia es un texto de opinión disfrazado. Si dices que una solución funciona, tienes que demostrarlo. Estadísticas, estudios, informes oficiales. No hace falta citar cien fuentes, pero sí las suficientes para que nadie dude de lo que afirmas.
Por ejemplo, si hablo de energías renovables, menciono el informe de la Agencia Internacional de la Energía de 2025, que confirma que la solar ya es la fuente más barata de electricidad en la mayoría del mundo. Eso no es opinión, es dato. Y los datos sostienen el texto.
La evidencia también sirve para matizar. Si un estudio dice que una medida funciona solo en ciertos contextos, lo dices. Eso no debilita tu texto: lo hace más honesto y más creíble.
Cuándo usar ejemplos ficticios (y cuándo no)
Los ejemplos inventados tienen mala fama, pero a veces son la única forma de explicar algo abstracto. Si hablas de un concepto teórico, como la justicia distributiva, un caso ficticio puede ayudar. Pero si hablas de contaminación, no te inventes una ciudad. Usa una real.
La regla que aplico es simple: si existe un caso real que ilustra lo mismo, úsalo. Si no existe, entonces sí, inventa. Pero asegúrate de que el ejemplo ficticio sea verosímil y esté bien construido. Un mal ejemplo inventado es peor que no poner ninguno.
El cierre: no resumas, remata
La conclusión típica («en conclusión, hemos visto que…») es un ladrillo. Aburre y no aporta. Lo que funciona es cerrar con una idea que golpee. Una frase que resuma el espíritu del texto sin repetir lo ya dicho.
Por ejemplo, después de hablar de ciudades que han reducido su contaminación, no digas «en conclusión, es posible reducir la contaminación». Di: «No falta tecnología ni ejemplos. Falta decidir si queremos seguir respirando humo o copiar a quienes ya lo han dejado atrás».
Eso es un cierre. Lo otro es relleno.
Preguntas que me hacen siempre sobre este tema
¿Cuántos ejemplos debo poner? Los justos para que cada uno aporte algo nuevo. Dos buenos ejemplos valen más que cinco repetidos.
¿Puedo poner más de una solución? Sí, y a menudo es mejor. Comparar dos o tres soluciones con sus ventajas y desventajas da más riqueza al texto. Pero no te disperses: elige las más viables y defiéndelas.
¿Y si no encuentro un ejemplo real? Búscalo mejor. Casi siempre existe. Si de verdad no hay, usa un ejemplo hipotético bien construido, pero avisa de que es hipotético.
¿La opinión personal tiene cabida? En un texto expositivo puro, no. Pero en un artículo de blog, sí, siempre que esté respaldada por datos. La opinión sin evidencia es ruido.
¿Cuánto debe medir cada parte? Depende del tema. Pero si el problema ocupa más de la mitad del texto, algo falla. El lector quiere soluciones, no un listado de desgracias.
Escribir un texto expositivo con problema y solución no es complicado si entiendes que estás contando una historia. Una historia donde alguien tiene un problema, alguien propone una salida y alguien demuestra que esa salida funciona. Si haces eso, el lector no solo entiende: recuerda.