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Lo que estás ignorando sobre la IA

Mi compañero del trabajo se ríe de mí porque reviso dos veces todo lo que escribe el Copilot antes de enviarlo. Me dice que soy un exagerado, que ya no comete errores como antes. Pero la semana pasada, en un informe de gestión, el sistema inventó un dato de ventas de un trimestre que ni siquiera existía. Lo peor es que parecía totalmente verosímil. Esa es la trampa. La tecnología avanza tan rápido que te confías, y es justo entonces cuando puede hundirte.

La mayoría piensa que la IA es solo ChatGPT redactando correos. Se quedan con la punta del iceberg que flota. Lo que no ven es la masa que hay debajo, la que de verdad está cambiando las reglas. Creo que mucha gente aún no es consciente de la magnitud del cambio que ya está en marcha. En las empresas donde han entendido esto, no usan la IA como una herramienta más, sino como un compañero de equipo. Un compañero que no duerme. Eso es lo que está redefiniendo los puestos de trabajo. No se trata solo de que una máquina haga tu trabajo, sino de que tú, trabajando con ella, hagas el trabajo de tres personas.

Por eso el FMI dice que casi el 40% de los empleos del mundo están expuestos. Y no hablan solo de trabajos rutinarios. La diferencia ahora es que la IA afecta a trabajos de alta cualificación. Los analistas financieros, los redactores, los programadores… La gente que siempre pensó que su trabajo era demasiado complejo para ser automatizado está empezando a mirar con recelo a la pantalla.

El verdadero riesgo no es que la IA haga tu trabajo, sino que lo haga alguien que sí sepa trabajar con IA.

Esto va a agrandar las diferencias. Imagínate: un programador con un asistente de IA que le escribe código será diez veces más productivo que uno sin él. ¿Qué crees que pasará con el salario de ambos? La desigualdad no será solo entre humanos y máquinas, sino entre los humanos que saben dirigir a las máquinas y los que no. Y no es teoría. Ya está pasando. Empresas de ingeniería de materiales han visto aumentar sus descubrimientos en más de un 40% usando IA, y las farmacéuticas duplican la tasa de éxito de sus ensayos clínicos gracias a ella.

Hay quien, asustado por todo esto, pide parar. Pero eso es imposible. La adopción en los hogares es más rápida que la que tuvieron en su día Internet o los ordenadores. La carrera no tiene freno. La pregunta no es si frenar, sino hacia dónde dirigirla. ¿Qué tipo de compañero de equipo queremos construir?

Ahí es donde llega el miedo de fondo, el que pocos mencionan en las reuniones: la autonomía. Estamos dejando de usar manuales y empezando a hablar con la tecnología para que haga cosas por nosotros. Es cómodo hasta que un día le pides que gestione tu bandeja de entrada y termina respondiendo a un cliente con sus propios valores, no con los tuyos. Ese deslizamiento es sutil. Hoy delegas una tarea, mañana delegas un criterio, y pasado quizás ni siquiera entiendas cómo llegó a cierta conclusión. Hablamos de herramientas, pero estas herramientas están aprendiendo a actuar con cierta independencia.

Algunos investigadores, como los del informe AI 2027, alertan sobre esto. Hablan de la posibilidad de que la IA alcance una «superinteligencia» y se vuelva autónoma. Primero dijeron que podría pasar alrededor de 2027, luego revisaron la proyección y la llevaron a la década de 2030. Las fechas dan igual, lo relevante es que los que están más metidos en esto creen que es un riesgo plausible. Y lo resumen en una frase que da qué pensar: podría ser «la última tecnología que la humanidad construya».

Pero no todo es distopía. Lo fascinante es ver cómo esta misma fuerza imparable también está democratizando la creatividad. Herramientas como MidJourney o Suno permiten a cualquiera, sin saber dibujar una línea, crear imágenes o música. Esa es la paradoja. Mientras algunos temen que la IA mate la creatividad humana, otros la están usando para dar rienda suelta a ideas que antes no podían expresar. Lo que la IA no tiene es el «por qué». No siente la necesidad de crear, no tiene una historia que contar. Nosotros sí. La máquina puede darle forma al barro, pero nosotros somos los que tenemos la chispa.

Entonces, ¿en qué quedamos? ¿Es un ángel o un demonio? Creo que es un espejo. Amplifica lo mejor y lo peor que tenemos. Puede hacer a un científico un 44% más productivo en su investigación, pero también puede perpetuar los sesgos racistas o sexistas de sus datos de entrenamiento. Puede detectar un cáncer con más precisión que un radiólogo, pero también puede usarse para ataques cibernéticos más sofisticados.

Lo que me preocupa es que estamos corriendo sin aliento tras las capacidades y vamos muy lentos en lo que realmente importa: la seguridad, la ética y las reglas del juego. Nos obsesionamos con que sea más lista, pero no con que sea más sabia. Construimos una mente brillante, pero sin brújula moral. Y una inteligencia sin ética es, simplemente, una fuerza de la naturaleza incontrolable. La historia nos ha enseñado que eso nunca termina bien.

Así que cuando tu compañero se ría de ti por revisar lo que escribió la IA, tú sigue haciéndolo. Porque de momento, ese juicio crítico, esa desconfianza sana, esa chispa humana que dice «esto no me cuadra», es lo único que nos separa de ser meros supervisores de un proceso que ya no entendemos del todo. No dejes que se apague.