La cuestión no es si tienes que estar, es cómo. Todo el mundo te suelta que “hay que tener una estrategia”, pero eso queda muy bonito en una presentación y muy mal en la realidad. La mayoría de las cuentas de empresa son un páramo: publican ofertas que nadie pide, fotos de oficina con filtros cutres y contestan los mensajes tres días tarde. Eso no es una estrategia, es perder el tiempo.
El error gordo es empezar a publicar sin saber para quién y para qué. Si no tienes claro quién está al otro lado (qué le quita el sueño, en qué redes se mete, qué contenido consume), todo lo que hagas será ruido. No es lo mismo vender ropa a adolescentes en TikTok que servicios profesionales en LinkedIn. Y lo de “vender más” no vale como objetivo. ¿Más? ¿Cómo? ¿Con seguidores? ¿Con visitas a la web? Si no lo defines, nunca sabrás si lo que haces sirve para algo.
El secreto, si es que hay alguno, es parecer humano. La gente está hasta el gorro de perfiles perfectos y mensajes que parecen escritos por un robot. Lo que engancha es ver el trabajo de verdad, a la persona que hay detrás, los errores y las anécdotas. Un vídeo mal grabado desde el móvil mostrando cómo se hace un producto tiene más credibilidad que un spot de estudio. La autenticidad vende más que cualquier pulido. Muchos usan IA para escribir textos, pero si suena a manual de instrucciones, la gente lo nota al segundo y lo ignora.
Ahora todo gira en torno al vídeo, pero no de cualquier manera. Los vídeos cortos (Reels, TikTok) son la puerta de entrada, para captar atención en segundos. Pero lo que de verdad hace que la gente se quede y confíe son los vídeos más largos, donde explicas algo con calma, cuentas una historia o resuelves un problema. Y por Dios, ponle subtítulos. La mitad de la gente los ve sin sonido.
Hay un cambio que pocos ven venir: la gente se está hartando del feed público. Ya no quieren gritar en una plaza abarrotada. Se están yendo a grupos privados, a canales de Telegram o a comunidades más pequeñas donde sentirse escuchados. Una marca que solo publica y no escucha, que no conversa en los comentarios o por mensaje directo, se está quedando fuera. El crecimiento ahora no es solo sumar seguidores, es crear una comunidad alrededor, aunque sea pequeña.
Y cuidado con la inteligencia artificial. Todo el mundo la usa ya, pero mal. Usarla para generar cien publicaciones genéricas es un tiro en el pie. Eso se llama slop content: contenido insípido, sin alma, que la gente detecta y desprecia al instante. La IA sirve para ayudarte, no para sustituirte. Úsala para analizar datos, para saber cuándo publicar o para generar ideas, pero el criterio, el tono y la conexión humana los pones tú.
Lo que más me convence es lo del contenido generado por otros. Cuando un cliente sube una foto con tu producto o cuenta su experiencia, vale más que mil anuncios. Es la prueba social de la que todo el mundo habla pero pocos saben aprovechar. No se trata solo de repostear, sino de hacer sentir a esa persona parte de algo. Un hashtag propio, un sorteo, darles las gracias. Eso construye lealtad de la buena.
No hace falta estar en todas las redes. Es mejor elegir dos o tres donde esté tu gente y machacar ahí con contenido que aporte valor. ¿Qué valor? Cualquier cosa que le solucione un problema, le enseñe algo útil o simplemente le entretenga de forma genuina. Y sé constante. Un calendario de publicaciones, aunque sea sencillo, te salva de la improvisación y el vacío.
Al final, una estrategia “exitosa” no es la que tiene más likes. Es la que consigue que la gente te recuerde, confíe en ti y, cuando necesite lo que vendes, piense en tu marca primero. Todo lo demás es humo.