Olvida los nombres técnicos. La estructura de tu web se reduce a esto: cómo quieres que la gente se mueva por ella para hacer lo que tú necesitas.
Piensa en tu web como el plano de una casa. Si vendes muchas cosas (una tienda), necesitas un pasillo central (página principal) que lleve a habitaciones (categorías) y dentro de ellas a cajones (productos). Esto es una estructura jerárquica o en árbol, y es la más común porque es lógica. Si tienes un servicio único y quieres llevar al visitante paso a paso (como rellenar un formulario o seguir un tutorial), usa un camino lineal, como un carril sin salidas.
Antes de elegir, responde esto:
- ¿Cuántas páginas tendrás de verdad? No lo que sueñas, sino las que crearás el primer año. Si son menos de 10, casi cualquier cosa funciona. Si son cientos (como un blog o catálogo grande), la jerarquía es tu única opción sensata.
- ¿Qué quieres que haga la gente? ¿Que compre? ¿Que te contacte? ¿Que lea un artículo tras otro? La estructura debe empujar suavemente hacia esa acción. Si quieres ventas, cada página de producto debe estar a máximo 3 clics de la portada.
- ¿Cómo busca tu cliente? Si vendes zapatos, piensa si tu cliente buscará «zapatos de vestir negros» (y necesitarás categorías) o solo «zapatos García» (y bastará con una página simple).
Un error común es copiar la estructura de un competidor grande cuando tú empiezas. Si Amazon tiene 50 subcategorías, a ti con 10 productos no te hace falta. Empezar simple te permite crecer sin liarla.
Al final, la mejor estructura es la que hace invisible la navegación. El visitante encuentra lo que busca sin pensar en menús. Si tienes que explicar cómo se usa tu web, ya has fallado.